No fue hace tanto, lo prometo. Juro que hasta lo he vivido. Recuerdo una época en la que las vacaciones consistían básicamente en tocarse el coño a dos manos. En comer pipas en un banco. En irse a la playa a hacer la croqueta. En un itinerario cerrado cama-sofá-mesa-sofá-cama (no tenía pérdida), con esporádicas apariciones del bar como punto importante pero no indispensable en la bien definida hoja de ruta vacacional.

(nota: me ha costado MUCHO encontrar un gif de una mujer bebiendo birra que no sea flagrantemente sexista)

La corrupción de la acepción del término vacaciones deriva de un componente generacional y contemporáneo del que ya han hablado muchos sociólogos y psicólogos: la instatisfacción crónica. Estamos tan expuestos a las maravillosas falsas vidas del resto de seres humanos, que nuestro tiempo libre es menos libre que nunca. Contamos con que todas sus vivencias son reales y surgen de la nada. Queremos hacer todo tipo de planes, visitar todos los lugares habidos y por haber y tener mucho éxito en nuestras carreras. Queremos abarcar más de lo humanamente posible y como resultado nuestro nivel de tolerancia a la frustración decrece de manera inversamente proporcional a nuestro nivel de autoexigencia. Enough.

Soy la primera que tiene dos empleos y trabaja 70 horas a la semana, no paro de apuntarme a cursos y leer blogs y encima quiere sus cuatro viajes al año y solo piensa en tener tiempo libre para hacer más cosas. Estos últimos años el ritmo ha sido tan loco que empecé a necesitar unas vacaciones de las vacaciones. Por eso sé de lo que hablo: tengo 33 años y ya vivo cansada. Así que con vuestro beneplácito, en mis vacaciones me gustaría volver al tema de tocarme el potorro en general, y en distintos lugares en particular (sofá, playa, terracita…) y os animo a hacer lo propio. No lo sabéis todavía pero lo necesitáis. Os lo prometo.

He dicho.

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