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El día que la dependienta de la Casa del Libro se ganó un post en mi blog

Publicado en: Desvaríos | 1

En general no suelo tener mucho apego a lo material. No es que sea yo muy zen. Simplemente soy despistada hasta decir basta y si me tuviera que preocupar porque he perdido esto o he roto aquello, me pasaría el día lloriqueando. Así que se trata más bien un mecanismo de supervivencia.
Sin embargo, los libros es un tema aparte. No me toquen los libros.

Yo entrando a una librería

 

Una vez mi perra mordisqueó el lomo de un libro de segunda mano que me estaba leyendo (tampoco estaba en las mejores condiciones ni fue uno de los libros de mi vida) y me enfadé con ella durante al menos media hora. Ni siquiera la besé mientras la reñía, y los que conocéis mi relación con mi perra sabéis perfectamente que eso ya es un registro serio.

El caso es que ayer fui a La Casa del Libro, no porque quiera hundir al pequeño librero, pero es que me pilla muy de camino cuando voy al médico, maldita sea. No lo puedo evitar, es que me llama.

Aquí haré un pequeño paréntesis para citar a mi librería de cabecera en San Vicente, Libros 28, y pedirle a Rosa disculpas públicamente por dejarme llevar unas cuantas veces desde mi última compra.

La tourné y la elección literaria

Después de prometerme a mí misma no gastarme más de equis euros y repetirlo para mis adentros como un mantra durante toda la tourné, me decidí por fin por un libro al que le tenía muchas ganas: Hurra, de Ben Brooks, un escritor inglés ofensivamente joven para el talento que calza.

Este libro es de la editorial Blackie Books, un mojabragas para bookish en toda regla. Una de sus características es la cuidada encuadernación y diseño de sus portadas. Este libro y todos los de su autor, en particular, están impresos en tapa dura y con estampado floreado y apariencia de tela de saco. Y digo apariencia porque en cuanto lo tocas, cualquier persona con sentido del tacto y unas conexiones neuronales mínimas es capaz de diferenciar la rugosidad de una tela de la cubierta lisa de cartón couché.

No era el caso de la dependienta protagonista de este post.

Las malditas etiquetas de precio y cifras de ventas

Pero no ahondemos en el odio personal tan pronto. No puedo continuar el artículo sin hablaros de las dichosas etiquetas que les ponen a los libros. Se dividen en dos grupos:

  1. Las etiquetas de precio. Éstas tienen una triple función. Por una parte nos revelan el precio del artículo (y nos hace preguntarnos qué porcentaje se destina finalmente al autor), por otro lado sirve para mantener un inventario del stock y hacer más ágil el cobro con esos códigos de barras, y por último sirve para joder absolutamente todas las sinopsis, ya que lo plantan invariablemente en medio, haciendo su lectura un ejercicio de imaginación. Si alguna vez os habéis preguntado también el porqué de esto, ya se lo pregunté a ellos. Y me respondieron.
  2. Las etiquetas sobre cifras de ventas. Son esas de “más de 99.000.000 de ejemplares vendidos” o “598ª edición” y suelen estar en la cubierta. Tienen principalmente una doble función: incentivar las ventas a base de autofelaciones y joder las portadas.

Así que lo que tienen en común todas las etiquetas y pegatinas de los libros es básicamente JODER AL LECTOR.

Cabe señalar que el libro que elegí poseía los dos tipos de pegatinas. Portada y contraportada jodida. Doblemente follada, ultrajada, profanada.

Pero en fin, la vida sigue y los avances van llegando. De un tiempo a esta parte, las etiquetas suelen ser fáciles de despegar. Y no porque éstas hayan evolucionado mucho sino también porque los editores crean cubiertas donde este tipo de pegatina no se lleva la mitad de la portada cuando la arrancas. Pues ya estaba puto bien que lo pensaran. Sin embargo, para la desgracia de los sibaritas como yo, todavía hay libros, y no pocos, donde no se puede quitar la etiqueta sin desgraciarlo.

Hora de pasar por caja…

Así que tras unos 40 minutos decidiendo qué libro me haría cumplir mi promesa de no pasarme con el presupuesto autoimpuesto, voy a la caja y me atiende esta simpática señorita con las mejores intenciones y las peores manazas que he visto en mi puta vida de primate.

– ¿Al final éste? Pues tengo ganas de leerlo yo también, ¿sabes?

– Sí, además la portada es muy bonita, lástima de las pegatinas que les ponen por todas partes. A ver si luego en casa las puedo quitar.

– Claro, si este libro es de tela.

– No, simula tela, pero no es de tela.

¿En serio? ¿Que te pasa en las yemas de los dedos? Aquí empieza el drama. La veo ponerse a rascar ambas pegatinas con nefastos resultados.

– No tiene pinta de quitarse, ya lo veré yo luego.

Empiezo a ponerme nerviosa. Rasca. Rasca. Rasca. Cuando una pegatina se va a despegar fácil, se ve. SE VE A LEGUAS, MALDITA HOMO SAPIENS. Y éste no era el caso. Empiezo a ponerme nerviosa. Rasca. Rasca. Rasca. Desgarrón en la pegatina que termina desprendiéndose a medias, dejando un rastro imposible de quitar. Sigue rascando. ¿QUÉ PRETENDE?

 

– No te preocupeeeeessss. Déjalo. Ya lo veo yo luego en casa.

– Mmmm… pero la portada es como de material de mantel, esto se quita fácil.

????!!!!

¿Mantel? EN-SE-RIO: ¿¿qué te pasa en las yemas de los dedos?? Aún estoy a tiempo de dejar el libro y despedirme lanzándole un buen escupitajo en la cara, pero debe haber notado mi nerviosismo porque deja el libro y simplemente me cobra. Sentido del tacto no tendría pero al menos instinto de supervivencia sí.

Un comentario

  1. Albreck
    | Responder

    Mag-ní-fi-ca. Me declaro fan tuyo.

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