El día de hoy pasará a la posteridad como el día en que me quedé sin pañuelos de papel. Y a vosotros os parecerá un incidente sin importancia, pero todo aquel que me conozca, sabrá que se han tenido que alinear los planetas mientras se me cruzaba un gato negro tuerto mirándome fijamente a los ojos y haciéndome romper un espejo para que haya podido suceder esto. Porque yo siempre, y digo SIEMPRE, tengo cleenex en el bolso, bolsillo, mochila, fiambrera, sujetador o cualquier lugar susceptible de guardar algo. Pero hoy no. Ni siquiera tenía un mísero papel usado, ¡maldita sea! ¡Usados!, ¡si son mis favoritos! Solo debéis seguir el rastro de éstos para encontrarme allá donde vaya.

Foto de archivo: Yo en uno de los múltiples y divertidos días de alergia sin fin

El caso es que hoy, me levanto como cada mañana para ir al trabajo, y todo andaba bien hasta que pisé la calle. Como si de un resorte automático se tratase, en cuanto atravesé el umbral de mi edificio, mi cerebro ordenó a mis membranas mucosas comenzar a trabajar. No obstante, no me alarmé ni por un segundo. ¡Mocos a mi, ja! La reina de los pañuelos de papel. Pero quiso el cosmos que el cruel destino se riese de mi cuando, al llegar al coche, comienzo a buscar un cleenex con algo más de desesperación, por la premura que mis viscosidades nasales comenzaban a tomar en su camino nariz abajo. Bolsillos, nada. Bolso, nada. Fiambrera, nada. Pantalones, NADA. Guantera ¡NADA!

Foto de archivo: Yo en uno de los múltiples y divertidos días de alergia sin fin

 

¿Qué está pasando? ¿En qué universo paralelo me he metido? ¿Sigo plácidamente durmiendo en mi cama envuelta en una pesadilla?

Decidí con gran aplomo que esto no iba a sucederme a mi. Controlaría mi vela con rítmicas aspiraciones durante todo el camino al trabajo. Lo haría. Claro que podría, yo…podría…yo…Dios mío ¡CLARO QUE NO PODRÍA! Los mocos no están hechos para quedarse dentro de uno. Es antinatural, digáis lo que digáis. El cuerpo sabe lo que se hace. Si quería sacar toda esa inmundicia de mi interior, sus sabias razones tendría.

Era hora de volver la vista hacia aquello que llevaba rato intentado ignorar: el trapo para limpiar los cristales del coche. Ahí estaba, mirándome. Y cada vez parecía más limpio y suave. Más seco. Qué demonios: se había convertido en un trapo cabalgando a lomos de un corcel blanco y venía en mi rescate, el de la mujer-pegada-a-una-nariz-en-apuros. Así que ni corta ni perezosa, eché mano de él…

Voy a saltarme lo que a continuación aconteció porque no quiero que mi tasa de rebote se dispare, amigos. Solo os diré que tras dos o tres sonoras sonadas, creí que todo se iba a arreglar. Por fin veía la luz. De hecho, empecé a respirar con fluidez hasta que… comencé a estornudar. Comencé a estornudar y vaya, que aún no he podido parar. Porque, noticias de última hora Fani, eres hiper-alérgica al polvo, y también muy inteligente, como bien acabas de demostrarles a todos.

Así que llevo todo un día pegada a un rollo de papel higiénico, que daba un toque de lo más elegante a mi puesto de trabajo. Una pastilla para la alergia de color azul atómico no ha tenido ni la más mínima oportunidad frente a este ataque de alergia. En salir de la oficina, lo primero que he hecho es pasarme a comprar una ristra de paquetes de cleenex y distribuirlos por todo lugar con al menos un 5% de probabilidades de sufrir mi presencia: coche, cajones, bolsos, ropa… Así que sí amigos. Este día pasará a la posteridad para mi, como el día en que aprendí una valiosa lección: si corres el riesgo de quedarte sin papel desechable, ten al menos un trapo de repuesto en el coche. ¡Es broma! Un poco…

 

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