Inicio » Inicio » Desvaríos » El día que descubrí la clase preferente del Euromed

El día que descubrí la clase preferente del Euromed

Publicado en: Desvaríos | 1
Advertencia: esta entrada puede contener fragmentos extraídos de mi timeline de Facebook. Si lo habéis leído dos veces, os jodéis.

Hace una semana viajé a Barcelona después de mucho tiempo. Había olvidado cuánto me gustaba esa ciudad, pero ese es otro tema.

Resulta que por lo apresurado de la planificación, solo quedaban billetes en clase Preferente. De hecho, hasta que realicé el trayecto eso es lo que significaba para mi un billete en preferente: que no tenía otra elección. Pero resulta que no. Resulta que ‘preferente’ quiere decir realmente preferente cuando está unido a dos palabras: “Clase” (clase preferente como por ejemplo nuestros respetados políticos y Carmen Lomana) y “Euromed” (billete preferente del Euromed). Ni siquiera el embarque preferente de los aeropuertos es realmente preferente. Allí, normalmente quiere decir que embarcas por una cola más corta pero a la vez que el resto de la plebe, y te meten por una puerta distinta para acabar todos mezclados en el mismo pasillo, y que el que más corra podrá meter su maleta en cabina. Supervivencia low cost. Pero de nuevo me estoy yendo por las ramas. A lo que vamos.

El caso es que pagué por un billete de tren en clase preferente sin saber de qué iba la cosa y resulta que al entrar el vagón parecía igual que los demás: el mismo tapizado demodé, nada de música chill-out, ni cojines, ni pantallas planas, ni auriculares decentes, ni una azafata con una bandeja con cocaína al entrar. Ningún lujo extra que pudiera presagiar el mundo en el que me estaba adentrando.

Todo empezó con un simple ofrecimiento: la prensa del día. Nada parecía apuntar que no estuviera ocurriendo lo mismo en el resto de vagones. ¿La prensa? Un detalle agradable pero sin mayor importancia. Pero poco a poco la providencia me fue ofreciendo pistas. Lo que vino después fue lo que me hizo sospechar que algo había hecho. Y por una vez, parecía ser algo bueno. Una azafata me dejó una carta de menú. Una carta sin precios. Eso solo podía significar dos cosas: que es tan caro que no le caben las cifras en el folleto o que es totalmente gratis. Y a mi me enseñaron a ser desconfiada por naturaleza, así que ni corta ni perezosa le mandé un Whatsapp en modo paleta a la persona que viaja más por negocios que cualquiera de las que haya conocido: mi jefe. Menos mal que no tengo vergüenza ni la he conocido.

Total, que nunca me había sentido tan Paco Martínez Soria. Todo esto me ha pillado paleta perdida .

Una vez confirmadas mis sospechas, e ignorando el hecho de que confundí lo que era el almuerzo con una comida (en mi pueblo se almorzaba pan y queso, y la carta que tenía delante hablaba de cocina de autor y vinos de todas las clases), se desató la locura. Empecé a sentirme cómoda en mis nuevos zapatos de persona pudiente y pedí vino blanco. A las diez de la mañana. Como una señora. Después de comer , frente a mi creciente asombro, me proporcionaron una toallita húmeda más caliente que el culo de un babuino. Ahora entiendo porque la azafata la cogía con pinzas. Y yo pensando, ‘qué pulcra se le ve a la muchacha‘. De pulcra nada, es que apreciaba sus dedos. Yo, por supuesto, me quemé. Pero no me importaba mientras el vino siguiera frío.

La verdad es que no hubo muchas más sorpresas, pero alentada por el comentario de un amigo que me explicó cómo cogió una cogorza en preferente en un trayecto Alicante – Albacete (no esperaba menos de él), cuando me acabé mi botellín de vino blanco me decidí a pedir otro vasito. Así lo pedí: -ITO. Para paliar el golpe. Sabía ya por diversas fuentes que en teoría no te ponen problema a la hora de servirte lo que pidas, pero al parecer mi apariencia de joven mochilera agujereada estuvo apunto de frustar mi embriagador (y nunca mejor dicho) trayecto hacia la ciudad condal. Si las miradas hablasen, estoy segura de que esas dos azafatas hubieran dicho algo así como “¡Calla, pellejera podemita! Búscate un trabajo y deja de beber del cuerpo de Cristo, ¡que me quedo SIN para la vuelta!“. Fue todo muy poco violento, ni ápice de prejuicios en su mirada.

Pero a pesar de ello me sirvieron mi vino. Yo gano, zorras.

Un comentario

  1. […] mi estancia en preferente en el tren destino Barcelona? Pues me dirigía yo feliz y semi embriagada a disfrutar del que me parece uno de los mejores […]

Dejar un comentario